Suciedad Polémica

Por ahora al menos, yo no quiero tener hijos. Pero hay un momento en la vida donde me encantaría tenerlos y haberme comprado el limpiador de mamaderas: cuando tengo que limpiar una botella sucia.

Y no hablo de cualquier botella sucia…hablo de esas botellas a las que les queda ese poquitito de tierra/mugre/sabrá-Dios-qué pegado incluso después una noche en agua, incluso después de pasarlas por agua hirviendo, incluso después de pasarlas por agua hirivendo y detergente. Esas donde la suciedad persevera, firme y orgullosa, a pesar de todos los esfuerzos que hagamos.

La última vez que me pasó, casi sucumbo a salir corriendo a comprarme el limpiador (no soy tan limitada como para no darme cuenta que puedo comprarme uno aún sin tener hijos, pero la verdad es que no me pasa tan seguido este asunto con las botellitas y me parece un consumo innecesario). Por suerte y gracias a los poderes del antiguo dios de la limpieza, estaba Ch. par tirarme el ingrediente secreto del asunto: arroz.

La sistema consiste en lo siguiente: agarramos un puñadito de arroz (cualquier tipo, no se pongan específicos) y lo metemos en la botella. Ponemos un poquito de agua (un cuarto de chorrito de agua, para que el arroz fluya mejor) y agitamos. Agitamos mucho. Como si el mundo dependiera de nuestro agite. Para arriba, para abajo. Muchísimo. Y mientras agitamos, lo que estamos haciendo, es que ese arroz (¡bendito arroz!) vaya suavemente raspando la zona mugrienta, limpiándola para nosotros. En no más de 5 minutos, tendríamos que tener una nueva botella radiante y una victoria más frente a las batallas de la vida.