Pim, Pam, Pum

Bolsas para horno. He dicho. Tema polémico, creo yo, del que hay que hablar. No podemos seguir haciendo como si no existieran. Existen y existen hace tiempo…

Primero algo de historia: las bolsas para horno son viejas. Mi abuela ya las tenía. Servían (y siguen sirviendo hoy en día) para usar el horno sin tener que limpiarlo. Ahora bien, esto parece moco de pavo pero cualquiera que haya tenido que limpiar su propio horno sabrá que no hay crema ni detergente que salga ileso de la batalla. Sabrá también que una ducha es obligada para sacarse toda la grasa de encima después de la limpieza…

Para todos estos pasos, alguien inventó unas divinas bolsas que no se derriten donde podemos meter nuestras carnes (de todo tipo) para que se doren al son del calorcito sin tener que mover un dedo para limpiar. Les digo más, si lo hacen con extremo cuidado, incluso pueden ahorrarse la limpieza de la asadera (chan!).

Hasta ahí todo parece perfecto… el tema es que para usar una bolsa de horno no hay que ser un experto al contrario es muy fácil. Algunos datos es que una no puede ir abriendo y cerrándola en el proceso, es más como un contrato. Metés la carne, le ponés el saborizador, la cerrás y listo.

He ahí que ahora Knorr parece haber encontrado la solución para todos aquellos que quieran comer un rico pollo al horno y no sepan cómo (con el invaluable plus de que, encima, no tienen que limpiar después): inventaron bolsas de horno aderezadas. Las hay de todos los sabores y colores (ajo, ají, cebolla, limón orégano, picante…) y, como al ser cerradas, concentran todo el sabor y el juego de la carne aderezada. Un detalle no menor para quien no maneja la sutileza de las especias, la sal y quiera darle a sus comidas ese gustito especial que Knorr sabe dar.