Mina de Oro

Resulta que hace unas semanas estaba yendo a una reunión en lo de mi amiga N. y, previa a mi llegada a su oficina me crucé con una de las sucursales de Lácteos El Puente. En ese momento una idea se me ocurrió: “podría pasar después de la reunión a comprar algo de queso cremoso que no tengo en casa” (y ¿qué es de una casa sin queso cremoso o por salut para completar cualquier comida?).

En fin, terminada la reunión fui a cumplir con mi nueva misión: comprarme un buen cuarto de horma de queso para cocinar. Entre que estaba paseando por las vastas góndolas de minimercado lácteo una tentación irrefrenable me hizo agarrar el paquete de medio kilo de ricota que estaba a unos escasos $7.50. Sí, $7.50. Más barato que un Jorgelín triple. Más barato que el kilo de lechuga. Y muchísimo más barato que el kilo de Fontina con el que después compensé la oferta. Lo puse en mi changuito preguntándome para qué iba a usar esta desgracia que me estaba comprando (sépase que hasta ese día mi único acercamiento ricottero había sido a través de unos ravioles de ricota que cocinaba mi mamá los domingos y que, de vez en cuando, quedaban algo… secos… – no te ofendas, má! -).

Llegué a mi casa y me puse a buscar recetas. Canelones y pastas en general, albóndigas de ricota, mezclas cocidas rarísimas. Ninguna parecía satisfacer mis necesidades y yo tenía muy en claro que la ricota caliente no era para mí. En una de esas, animada por el conocimineto general de que los canelones de ricota y verdura son muy buenos y que la espinaca también va muy bien con choclo, decidí ponerle un pedacito muy tímido de este extraño queso a mi ensalada de espinaca y choclo. Ese fue, señoras y señores, mi point of no return. A partir de ese momento mi relación con la ricota tomaría otra dimensión y se convertiría en una relación de amor que, al menos hasta el día de hoy, se mantiene.

Déjenme explicarles: el amor entre ella y yo claramente estaba destinado. ¿Cómo podía ser que yo no me fijara en sus suaves curvas cuando el precio de la misma es siempre una nimiedad comparada al de otros quesos? Era solo una cuestión superficial y un prejuicio de la infancia, claramente, el que no me dejaba acercarme. Una vez hecho el primer pasito de redescubrimiento, todo cambió. La ricota en cualquier ensalada (con o sin espinaca) le da un no-sé-qué de suavidad y cremosidad a cualquier combinación de vegetales curdos, sin invadir su sabor. Además, y como si esto fuera poco, es saludable y light (incluso la que no es oficialmente light, digamos). Conclusión: hemos encontrado aquí un producto verdaderamente bueno, bonito (en términos de sabor y textura) y barato! Así que dejen paso para este nuevo manjar (popular, si bien no nacional) que no tiene nada que envidiarle a los exclusivísimos bocconcinos de mozzarella di bufala que tanto adornan los menús italianos que andan de moda por estos días.