Guardarás tu comida en frascos

No es secreto que cuando Dios creó el mundo y nos puso allá arriba, en el paraíso, seguramente no existían los gorgojos, las polillas ni las cucarachas. Tampoco es secreto que cuando nuestros queridísimos Adán y Eva nos mandaron para abajo empezó una guerra que todavía no termina: nosotros contra ellas (las plagas).

Lamentablemente, estos bichitos hijos de re mil putas tienen todas las de ganar: comen apenas partículas de comida, se esconden en lugares ínfimos, inaccesibles y que ni te podés imaginar y tienen huevos y larvas todavía más escondidos e imposibles de matar. Encima, ¡encima! tienen algo así como millones de años más que nosotros en el mundo y (ya lo decía mi madre) “el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo”, así que terminan siendo más vivos que una. Por último, y para empeorar las cosas, la única herramienta “oficial” de combate que tenemos es el escueto fumigador mensual del edificio (que viene en horario laboral, obvio) y deja esas cositas que no matan ni a un piojo… así que cuando se instalan en tu casa, no te queda mucha más opción que atrincherarte con un Raid y usarlo como spray de pimienta para defensa personal.

En fin, frente a este panorama cabe decir que “más vale prevenir que lamentar”. Para eso, la clave son los frascos (las bolsas de plástico o papel son un chiste para el enemigo). Lo ideal es usar frascos de vidrio o metal (100% libres de tóxicos y químicos nocivos), pero a veces lo ideal no está a mano y desgraciadamente estamos en la era de los derivados del petróleo así que aparece nuestro amigo el plástico para socorrernos.

Ahora, si van a usar fráscos de plástico, hay dos cosas que tienen que saber:

  1. no todos los plásticos son iguales. Así que googleen, invesiguen y, ante la duda, pregunten
  2. el plástico junta olor (y ahí es donde yo los puedo ayudar)

Si, como me pasa a mí, tienen frascos de plástico y quieren sacarle el olor de lo que tenía antes (en mi caso, riquísimas gomitas de Truppi), lo que tienen que hacer es:

  1. lavarlos bien
  2. llenarlos de agua
  3. ponerles un chorrito de vinagre de alcohol
  4. dejarlo un par de horas (no sean amarretes con el tiempo, 2 o 3 horas al menos, mejor si es una noche)
  5. enjuagarlo y lavarlo bien (de nuevo, esta vez para que no quede vinagre)

Hechos esos sencillos pasos, el olor que tenía el frasco pasó a la historia.